Jorge Sampaoli llegó al Sevilla como adalid del estilo de toque, un entrenador comparado con Marcelo Bielsa y Pep Guardiola, cuya carrera como entrenador, sobre todo pensando en la Chile campeona de Copa América 2015, le hacía más que equiparable al primero en la idea asociativa conjunta con un espíritu combativo y una presión alta como pocas en el fútbol mundial. Sin embargo, de momento en Sevilla solo hemos visto partidos de mucho ritmo y esquemas con muchos atacantes, pero nada sostenido ni armónico, y ni mucho menos brillante.

Tanta concesión atrás no viene acompañada de brillantez en ataque. El Sevilla es un equipo que ahora mismo suma más puntos de los que le corresponden porque tiene una plantilla de una variedad y una calidad sobradas, plagada de jugadores que pueden decidir partidos por sí mismos, ya sea desde el once inicial o desde el banquillo. Quizá esa inestabilidad en el 11 a base de rotaciones y cambios de esquema contínuos no ayude a construir algo. Pero es evidente que el estilo de toque prometido (que además necesita tiempo en un equipo con otro estilo tradicional) no parece que vaya a ser fácil de implantar con el perfil de jugadores que tiene el equipo.

Y es que si bien los Kiyotake, Ganso, Mudo Vázquez, Kranevitter, Krohn-Dehli y cía tienen un perfil asociativo, ninguno de ellos, por diferentes motivos, está enfocado a ser el motor del equipo, un jugador en torno al cual se reordenen todas las piezas. Solo hay uno que no solo está capacitado para ello, sino que además está respondiendo con inesperada brillantez, y ese es Samir Nasri. La eterna promesa francesa pone la calma en medio de la revolución de atacantes de Sampaoli, pide la pelota, la conduce, la distribuye, da más pases que nadie. Está jugando realmente bien, ha decidido ser la bandera de este equipo y es el único que parece dispuesto a crear en un sentido colectivo. El problema es que Nasri solo hay uno, y si bien su naturaleza es la de dirigir desde zona de mediapuntas y cayendo a bandas, el descontrol del equipo en zona de pivotes le obliga a bajar a recoger la pelota para posteriormente moverla por zonas más adelantadas. Es decir, Nasri intenta hacer la función de dos o más jugadores, pero él es un solo hombre, y ante eso no puede luchar.