El éxito para un club encierra una serie de peligros. El más importante de ellos, la exposición de los protagonistas a un mercado movido por oferta y demanda. Esto es el fútbol, un gigantesco océano donde el pez grande se come al chico. El Sevilla Fútbol Club también se encuentra en ese océano, y podríamos decir que más bien es de los grandes; pero también cabe asimilar que, entre ellos, es de los más chicos.

Con tres Europa League consecutivas en las últimas sendas temporadas, el club hispalense ha vuelto a ganarse un hueco en las agendas de los scouters. No es algo nuevo para ellos. Tras un mediocre periodo en los 90 que acabó dando con sus huesos en Segunda en la última temporada del siglo, en Nervión han decidido sentar las bases para volver a ser un equipo referente en España como lo fuera antaño.

En este contexto que todos ya sabíamos, la 2016-2017 planteaba de todo menos seguridad. El Sevilla de Emery ganaba, y no solo eso, sino que también gustaba. Y gustaban también sus jugadores. Y empezaron a volar. Banega al Inter, Krychowiak al PSG, Coke al Schalke, Gameiro al Atlético. Y su entrenador.

Ahora bien, este escenario no es nuevo en el Sánchez Pizjuán, y desde luego si hay una figura capaz de rearmar la plantilla año tras año ese es Monchi.

El fútbol aguerrido, intenso y sobre todo directo de Unai Emery dio paso a otro estilo de similares características pero con el gusto por el trato del balón de Jorge Sampaoli. El de Santa Fe ha logrado ajustar a la perfección el estilo Bielsa a la plantilla sevillista.

Quizá lo que más se eche de menos en este vestuario es ese goleador que durante años marcó el estilo de juego con Emery. Negredo, Bacca, Gameiro. Son nombres que ya no están y Sampaoli es consciente de ello. Ben Yedder y Vietto no son los rematadores que los tres futbolistas recién mencionados eran, pero su presencia se hace en el nuevo sistema sevillista es innegociable.

Ya no se juega con un nueve fijo y referencia de ataque. Ahora las referencias son todos y ninguno a la vez. Cinco llegadores a los que los defensores rivales no saben ni cuándo ni cómo vigilar. El ataque del Sevilla es una suerte de pases y triangulaciones en el borde del área con certera puntería, hasta que se vislumbra la mejor opción de gol.

El renacido Samir Nasri maneja la batuta que guía la orquesta formada por Franco Vázquez, Pablo Sarabia y la elección de ese día entre Luciano Vietto, Ben Yedder o el ‘Tucu’ Correa. Si el ritmo del partido precisa correr y contragolpear, Sergio Escudero y el capitán Vitolo se encargarán de ello. Y como colofón final, la incorporación invernal de Stevan Jovetic, un jugador que no puede sentirse más cómodo que con el planteamiento Sampaoli.

Tanto y tan buen ataque requiere un sistema de seriedad defensiva con férreos resultados. Steven N’Zonzi se ha convertido en dueño y señor de todo balón que ose pasar por el centro del campo. Su envergadura, propia de un jugador de baloncesto, hacen de él el principal actor para destruir y más tarde comenzar a construir. Una delicia de futbolista que sería imprescindible en cualquier equipo.

Ver al Sevilla de Sampaoli es ver al Athletic de Bielsa, con la diferencia de que este último contaba con un delantero centro de la talla de Fernando Llorente. En fin, oro puro en forma de deporte y una razón de peso para que el espectador neutral encienda el televisor. Aprovechémoslo, ya sabemos que en Sevilla los jugadores duran poco.